Grandes Viajes Manbos
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MYANMAR, LA TIERRA DORADA Y AZAFRÁN
por Ana Vara Vargas, fotos de David Santiago

Ha pasado más de una década desde que la actual Myanmar abrió las puertas al turismo en 1996. El futuro no ha hecho más que comenzar en este país -controlado por una junta militar desde 1962-, que atesora miles de pagodas doradas, templos, mercados, paisajes asombrosos y gentes afables. Un lugar tan exótico, que los hombres visten falda - longyis- y las elegantes mujeres se decoran la cara con tanaka -una pasta amarilla extraída de la corteza del árbol del mismo nombre-, que a los espíritus se les preparan fiestas y ofrendas para mantenerlos contentos, y en el que todos los varones entran en un monasterio en alguna etapa de su vida. Estamos en la antigua Birmania, el país en el que los extranjeros son ‘invitados’.

Mandalay se despierta temprano en la margen derecha del río Irawady. Al amanecer parece que todo el mundo recorre en sus trishaws y bicicletas las polvorientas y anchas calles del centro. Io Su pedalea sudoroso por las avenidas, mientras nos muestra toda la actividad de la que fue la última capital birmana antes de la colonización británica: comerciantes, cientos de monjes budistas recitando sutras, y el ir y venir de hombres y mujeres. Un simple ‘min-gala-ba’, la manera de saludar, o una sonrisa, será suficiente para terminar con flores en el pelo y la cara llena de tanaka en uno de los mercados, por no hablar de las risas y aplausos que provoca el enseñar una foto en la pantalla de la cámara digital.

En las afueras se levanta la Colina de Mandalay y a sus pies varios templos, monasterios y stupas, todos ellos dedicados a Buda. Lo más asombroso es la Kuthodaw Paya, apodada ‘el libro más grande del mundo’, por las 729 losas de mármol que constituyen los quince libros enteros del Tripitaka, un código budista.

Mandalay se halla rodeada por antiguas capitales que aún hablan del esplendor de la historia y la realeza birmanas: Sagaing, Ava, Amarapura y Mingún. La primera es una colina repleta de vegetación tropical, en la que asoman más de 500 stupas doradas. Ava o la antigua Inwa, es la que mejor conserva sus ademanes de capital regia. Tras tomar una lancha para cruzar el río Ayeyarwadi con un barquero, un coche de caballos nos introduce en un paisaje selvático, donde las pagodas y stupas se mezclan con la vida de un pueblo de cabañas de techo de paja. Un monje adulto imparte clases a jóvenes novicios en un monasterio, en el que por supuesto, se nos invita a pasar. A Amarapura hay que llegar al atardecer, cuando el tráfico de gente en el puente de teca más largo del mundo es más intenso: monjes con túnicas color azafrán que llevan cuencos de limosna entre los monasterios de uno y otro lado, pescadores que tiran el anzuelo al agua, bicicletas, escolares uniformados que salen del colegio…Para llegar a Mingún hay que navegar río arriba. Escoltados por un montón de niños recorremos las ruinas de esta ciudad y trepamos por la Mingún Paya, que si se hubiera terminado habría sido la paya más grande del mundo.

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