Grandes Viajes Manbos
INDIA pág. 4/6  
LA INDIA, ALEGRÍA Y COLOR
por Ana Vara Vargas, fotos de David Santiago

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En ruta hacia Jodhpur, es imprescindible hacer una parada en Ranakpur, un increíble complejo de templos jainíes situados en un profundo y remoto valle boscoso. Santuarios de mármol blanco, elaboradamente tallados, sobresalen del vergel; el más destacado es el de Chaumukha o templo de las Cuatro Caras.

El majestuoso fuerte de Meherangarh domina desde una cima rocosa Jodhpur, la llamada ciudad azul. Tradicionalmente el índigo designaba la casa de un brahmán, pero hoy cualquiera pinta su casa de este color, que además repele a los mosquitos. Los Ratore, uno de los principales clanes de los Rajput, hombres que decían descender del Sol, mandaron construir en 1459 esta magnífica fortaleza del que todavía se presume por no haber sido nunca tomado por los enemigos. Bellos patios, lujosos palacios, cañones y museos con todo tipo de joyas y enseres, contribuyen –junto con los teléfonos guía que proporcionan a la entrada- a hacer volar nuestra imaginación y volver a tiempos pasados. Pero para sentirnos como unos auténticos marajás, nada mejor que cenar, por un módico precio, en la parte alta del fuerte.

Viajamos hacia nuestro último destino, Jaisalmer. Nos adentramos en el corazón del desierto del Thar y el camino es como una carrera de obstáculos. No solo las vacas y los rebaños de cabras se interponen en nuestro trayecto, también cientos de devotos, que van peregrinando de templo en templo, caminan descalzos por el abrasador asfalto. Las dunas invaden la carretera, lo que hace extremar la precaución. Jaisalmer, la ciudad dorada, surge del desierto como un enorme castillo de arena. En otro tiempo fue una de las ciudades más importantes de la ruta de caravanas que llevaban especias y sedas. Los príncipes y comerciantes pronto se enriquecieron y construyeron durante el siglo XVIII los palacios y havelis –residencias de gran belleza de piedra labrada- que hoy vemos. Desgraciadamente, y a pesar de las labores de restauración, se está desmoronando, pero es una delicia descubrir el laberinto de calles sinuosas y bazares, flanqueados por templos y bellas casas, que guardan sus murallas. Pero sin duda la manera más evocadora de experimentar la vida en el desierto es realizando un safari en camello por los alrededores de Jaisalmer –la ciudad está llena de establecimientos que ofrecen estas excursiones-. Ver la puesta de sol en las dunas de Khuri, un pequeño pueblo a 40 kilómetros, y acampar por la noche bajo las estrellas escuchando los cantos de los camellos es una experiencia fascinante.

Las 17 horas de tren que tardamos en volver a Delhi, no son suficientes para asimilar el bombardeo de sensaciones que provoca la India. Un país que uno no se limita a ver, sino a vivir. Una experiencia inigualable pero difícil de explicar, ya que, es totalmente distinta para cada cual. Pero hay algo común para todos en este viaje: hagas lo que hagas, veas lo que veas, jamás lo olvidarás.

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