Grandes Viajes Manbos
MARRUECOS pág. 3/4  
EL GRAN SUR, MARRUECOS
por Ana Vara Vargas, fotos de David Santiago

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Taliouine está situada entre dos cadenas montañosas a 1180 metros de altitud. Alberga una kasba señorial que perteneció a los Glauoui. Hoy en día está en ruinas, pero sigue habitada. Taliouine es el centro de la región productora de azafrán más importante del mundo. Esta herbácea crece a altitudes entre 1200 y 2000 metros. Los campos de azafrán son cultivados por familias, cada una de las cuales cuida su propio terreno. Los bulbos se plantan en septiembre y las flores malva aparecen a finales de octubre. La recolección se efectúa antes del amanecer y se alarga durante 15 o 20 días. Se trata de un proceso delicado, en el que se separan a mano de la flor los estigmas rojos que contienen el colorante. Tras el secado se obtiene un kilo de azafrán por cada 100.000 flores y con solo 1 gramo de colorante se pueden teñir 7 litros de líquido. El valioso polvo se utiliza como condimento en las comidas, como tinte para alfombras y para teñir el pelo y manos de las novias. También tienen propiedades medicinales, pues se cree que ayuda en la digestión y que calma el dolor de muelas.

Continuamos dirección Agadir. Las huertas y los campos de naranjas y olivos, nos indican que llegamos al siguiente asentamiento: Taroudannt, una encantadora y vieja ciudad rodeada por murallas de un color ocre rojizo. En el siglo XVI se convirtió en la capital de los sadíes, lo que hizo de Taroudannt fuera una ciudad rica y próspera. Hay dos zocos que se esparcen en sus dos plazas principales: el mercado bereber, en el que se venden especias, dátiles, verduras, cerámica y otras mercancías y el mercado árabe, más artesanal, en el que podemos comprar terracota, latón, cobre, alfombras y joyas bereberes. En cualquiera de ellos se encuentra la figura del aguador, un personaje vestido con una larga túnica roja y un sombrero de vivos colores, que porta en un morral de piel de cabra el líquido más preciado en esta zona desértica: agua. Advierten nuestra sed y nos ofrecen con una sonrisa, en unos preciosos vasos de cobre un trago para calmarla, a cambio, una pequeña propina. Una buena opción es dar un paseo en un coche de caballos para recorrer las murallas y observar los bastiones y las cinco puertas de entrada a la ciudad que se conservan perfectamente.

Viajamos paralelos al cauce del oued Souss, hasta llegar a nuestro último destino: Agadir, una ciudad que carece del encanto de los pueblos tradicionales marroquíes, pero que atrae cada año a miles de visitantes por sus 10 kilómetros de playas de arena fina y dorada. La historia de Agadir se remonta al año 1505, cuando los portugueses establecieron una fortaleza que controlaba la ruta marítima a Sudán y Guinea. En 1541 fueron expulsados por los sadíes, momento en el que comenzó la edad de oro de Agadir: navíos embarcaban sus cargamentos de caña de azúcar, dátiles, cera, pieles, aceites, especias, oro... Poco a poco fue perdiendo esplendor hasta que un terremoto la destruyó en 1960. Es por ello que hoy en día es una ciudad moderna, con restaurantes, tiendas, puestos de artesanía, jardines, calles peatonales y por supuesto, la kasba, restaurada tras el terremoto.

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